Colega, creo que me he metido en este fandom hasta las trancas. No me ocurría desde Expediente X, qué cosas.
Aunque con Expediente X no me daba por escribir cada vez que veía un capítulo.
La culpa es de janedosomething. Dijo en su blog que It's ok, dad le hacía pensar en fanfic y en Sam siguiendo a Dean de pequeñito y luego distanciándose cuando eran adolescentes. Tuve una idea y, a medida que escribía, cambió por completo, pero el pie me lo dio ella sin darse cuenta.
Has sido complicado, Dean Winchester. He de decir que no creo que su voz sea exactamente así, pero sé que SÍ fue así durante este capítulo. Y es de lo que trata este fic, con una estructura un poco rara y un lenguaje un poquito distinto del que suelo usar, pero sólo a ratos, porque siempre termino repitiéndome.
Comments, pritty plz.
RECUERDOS DE UN ALMA PERDIDA
Por Truchita
Tiene frío en los pies y un soplo húmedo dentro del pecho.
Siente pánico cuando se ve. Sólido y perfecto.
Inanimado.
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Al nacer no lloró. Tenía los ojos enormes, cristal verdoso que te traspasaba.
Es listo, decía la gente.
Es noble, contestaba su madre.
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Siempre la toca antes de acostarse. Redonda y tensa, con tacto de goma.
-¿Todavía está ahí dentro?
Mamá sonríe y le coge la mano. La guía hasta el ombligo, nota el golpe y entonces Dean sabe que puede dormir tranquilo.
-Buenas noches, Sammy.
**
Con la nariz pegada al cristal, sólo ve un bulto bajo las sábanas y un montón de pelo negro.
-Ahora eres el mayor.
-Sí.
-Y tienes que cuidarlo.
-Lo sé.
A Dean no le importa. Le gusta eso tan raro que le calienta la tripa, se siente enorme, altísimo, gigante.
Se pone de puntillas y sigue mirándolo, pensando que es suyo, pequeñito y arrugado.
**
A veces oye pasos silenciosos y se hunde con pesadez en la cama, sintiendo los labios de mamá y escuchándola luego en la habitación de al lado.
Cuenta tres veces hasta cinco antes de levantarse, porque no se sabe más números.
Sam respira en su cuna. Respira. A Dean le parece importante comprobarlo.
**
No sabía que el fuego hiciera ruido, como un león furioso detrás de ellos.
Papá no está, mamá tampoco. Dean quiere llorar y siente a su hermano temblar contra se cuerpo.
-No pasa nada, Sammy.
**
Flequillo en los ojos, voz un poco ronca, parece más alto que nunca.
Y, a la vez, más pequeño.
-Dean, ¿estás aquí?
**
Los dibujos chasquean en la tele del motel.
Cuando Sammy llora porque la papilla se ha quedado fría, Dean no sabe qué hacer y se la termina él mismo, para que su hermano se calle y papá pueda seguir leyendo. Libros gordos, que huelen a viejo.
Ha aprendido cómo funcionan los calendarios y ahora sabe que ha pasado un mes desde el incendio.
También sabe que mamá no va a volver, aunque nadie se lo ha dicho.
**
Lleva varios días intentándolo. Repite las consonantes, emes y pes, largas hileras de sílabas sin sentido. Una tarde lo dice de repente. Pronuncia mal, Zean, lo señala y sonríe con su boquita sin dientes.
Papá no lo oye.
Y, sin saber por qué, Dean se siente aliviado y un poco culpable.
Y, sin saber por qué, Dean se siente aliviado y un poco culpable.
-Papá- le dice al día siguiente.
Balbucea.
-Sam, di pa-pá.
-Zean.
**
Con siete años le gusta observarlo, quieto y callado en un rincón, testigo privilegiado de su ritual secreto. Las manos de papá son enormes, encajan piezas con habilidad, provocan un ruido metálico y cierran el cargador.
A Dean la pistola le asusta y le atrae a partes iguales, como cuando pone los pies al borde de un barranco.
-¿Qué tienes que hacer?
-Cerrar con llave y bajar las persianas.
-¿Y si por la mañana no he vuelto?
-Llamar al reverendo Jim.
La mano de papá le pesa en el hombro. Está templada y siempre se queda poco tiempo.
**
Cambian de colegio cada seis meses. Segundo en Montana y Minnesota, tercero lo empieza en Arkansas. Los demás niños lo tratan con desconfianza y Dean siempre va a buscar a Sammy en el recreo, se esconden tras las canchas, avanzan en cuclillas, saltan tapias y se deslizan con la espalda apoyada en la pared.
La profesora parece más simpática que la última. Es rubia y lleva gafas de pasta y lo llama después de clase, para que sus compañeros no se metan con él.
-¿A qué juegas con tu hermano en el patio?
-No juego.
-¿Entonces qué haces?
Es más simpática, pero un poco tonta.
-Enseñarle a cazar.
**
Todavía no ha cumplido los nueve cuando papá le dice que va a enseñarle a disparar un arma.
-Tienes que estar preparado, por si pasa algo cuando yo no estoy.
Dean siente el corazón como un tambor en el pecho, traga saliva, apenas se oye la voz, delgada como un hilo de seda.
-Sí, señor
Nunca se lo dirá, pero ya sabe disparar. Una Smith & Wesson de 9 mm que papá siempre guarda en el cajón de la mesilla de noche. Hace dos meses que aquella cosa apareció en el baño y cogió a Sam del cuello.
La primera vez, las manos le temblaron. Después vació el cargador sin pestañear y limpió la sal gorda del suelo.
**
He hecho todo lo que me has pedido. Todo. He renunciado a todo lo que tuve. ¿Y tú vas a quedarte ahí sentado viéndome morir? ¿Qué clase de padre eres?
**
Algunas noches, se despierta oliendo a jabón y con la cabeza de Sammy sobre su hombro y Dean puede volver a cerrar los ojos sin miedo, porque cuando su padre duerme en la cama de al lado, la oscuridad parece estar en silencio.
Algunas noches, un gemido lo arranca de la telaraña del sueño y ve a su padre sentado, los codos en las rodillas abiertas, la cara enterrada en las manos.
Llorando.
-A veces creo que no voy a poder soportarlo, Mary.
Dean se siente pequeño, se rompe por dentro y se llena de algo raro que se le expande por el cuerpo, desde el pecho hasta el estómago.
Él también quiere llorar, pero tiene once años y cree que ya no tiene derecho.
**
El profesor de Lengua les ha pedido un trabajo sobre Qué es ser un héroe. Todos los chicos entregan cuatro o cinco folios grapados y Dean se presenta con tres párrafos que se llevan el único sobresaliente de la clase.
“Ser un héroe es asustarte cuando no hay luz y buscar una linterna en la oscuridad para que otros puedan ver, no saber nadar y sacar a alguien del agua.
No pensar en ti, sino actuar por los demás.
Tener miedo y seguir adelante.”
**
Sam suele despertarse de repente, cogiendo aire como si le estuviesen aplastando los pulmones. Dean siempre está listo, siempre está alerta, lleva la mano a la pistola que tiene en el suelo, tensa los músculos y agudiza el sentido, como un gato salvaje.
Cuando se da cuenta de que es una pesadilla, siempre dice lo mismo.
-No pasa nada, Sammy.
A veces su padre parece cargar con el peso del mundo. Llega derrotado, los hombros hundidos, los ojos vidriosos, cicatrices en la piel y en otro sitio, donde nunca se borran. Dean nota un puño de metal en el corazón y quiere acercarse a él, tocarlo, decirle no pasa nada, papá.
Un día lo hace.
No sirve de nada, pero lo hace.
No sirve de nada, pero lo hace.
**
La primera vez que besó a una chica tenía catorce años. Ahora tiene dieciséis y está descubriendo lo que tienen debajo de la ropa, curvas y piel suave, zonas que se contraen, que son más sensibles, músculos blandos y huesos afilados, un sudor tibio, olor a lavanda, algo húmedo que late.
Van juntos al instituto de Sand Springs, Oklahoma, tiene el pelo castaño y una espalda diminuta que abarca con una sola mano. Pesa poco sobre su regazo, enrolla las piernas a su alrededor, serpientes tensas y perfectas que tiemblan bajo sus dedos.
-Despacio.
-Sí.
Las lenguas chasquean en el aire y se muerden los labios, carne contra carne.
-Me gustas mucho.
-Tú también.
Tres días después su padre carga las maletas en el coche con dirección a Dakota del Norte.
Dean mira el cielo encapotado por el parabrisas mientras piensa que no ha tenido tiempo de decirle lo guapa que está cuando sonríe
Dean mira el cielo encapotado por el parabrisas mientras piensa que no ha tenido tiempo de decirle lo guapa que está cuando sonríe
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-Papá, ¿qué es una ecuación?
A los trece años Sam parece que no cabe en su cuerpo, está flaco como un suspiro y todavía no le ha cambiado la voz.
-Dame un margen de cinco días- su padre ignora al pequeño y clava sus ojos en el mayor.
Es importante. Dean puede notarlo. Los ojos color café se vuelven dos pozos inmensos, invadidos por las pupilas negras. Desprende cierta furia de baja frecuencia, un sexto sentido que palpita a flor de piel. Sus movimientos se vuelven más rápidos. Habla poco, monosílabos que se disparan como un calibre 38.
-Si no he vuelto para entonces…
-Conduzco hasta Kansas y llamo a Bobby.
Mete la escopeta en su bolsa. Dos pistolas, un puñal, botellas con agua bendita.
-Papá, ¿sabes qué es…?
-Que te ayude tu hermano, Sam.
Siempre lo mira fijamente antes de marcharse. Una mezcla de afecto y preocupación en la que nunca puede evitar notar otra cosa, desde hace ya ocho años. Como si le dijera no me decepciones, como si todavía no lo hubiera perdonado.
-Sí, señor.
Dean no va a decirle que mañana tiene un examen de Historia ni que la semana que viene es el baile de Navidad.
Su padre va de caza, esta vez es importante, lo sabe por la energía nerviosa que enrarece el aire detrás de él, cuando cierra la puerta de la habitación del motel.
Su padre va de caza, esta vez es importante, lo sabe por la energía nerviosa que enrarece el aire detrás de él, cuando cierra la puerta de la habitación del motel.
-¿Qué es lo que no entiendes, Sammy?
**
Se gritan. “Tu hijo se está muriendo”, “Tu hermano podría estar despierto”.
Les grita y su voz se estrella contra el suelo, "¡He dicho que os calléis!", cristal hecho pedazos.
**
Dean no cree en Dios. Cree en una energía benévola que bendice el agua y los camposantos, que exorciza demonios y repele la oscuridad, pero no cree que exista alguien todopoderoso capaz de acabar con todo el mal que han visto sus ojos.
No tiene fe, ni esperanza.
Sólo instinto y el convencimiento de que toda acción conlleva una reacción, que hay que ser una roca, perseverar, insistir, actuar. Que las quejas son palabras distorsionadas, como una frecuencia de radio mal modulada. Que no hay que rendirse jamás, que hay que luchar y pelear.
Lee la Biblia para aprender latín. La devora con distancia, pasa las páginas sin curiosidad, procesa una gramática antigua, memoriza declinaciones y sus ojos se detienen en un versículo de Eclesiastés.
Una cuerda de tres nudos es difícil de romper.
**
Ya no es ese niño al que tenía que ayudar para sujetar la pistola. Dean ha cumplido los veinte y, cuando se enfadan, se da cuenta de que Sam es mucho más alto que él.
-¡No vuelvas a decir eso!
-¡Por qué!
-¡Porque es nuestro padre y nos ha dado una orden!
-¡Por mí como si se la mete por…!
Le pega con el puño cerrado. Le arden los nudillos, casi despellejados. Sam se agarra la mandíbula y lo mira, lo desprecia, miles de kilómetros por encima de su cabeza.
-Cuando sea mayor de edad me iré de esta casa.
Dean siente que se le hunde el pecho. El cuerpo se le afloja, las rodillas se doblan, escupe con voz grave y se arrepiente de haberle pegado.
-No tenemos casa, Sammy.
El portazo tiembla en todo el motel, como el rugido de un gigante.
-¡Por eso es por lo que quiero marcharme!
**
Es igual que una canción de Metallica. La melodía sube a un punto inevitable, la batería acelera el tiempo, las guitarras eléctricas te avisan desde varias frases atrás. Es la peor discusión de todas y Dean sabe que no va a terminar como siempre, que todo va a cambiar, que algo se va a romper y nunca va a conseguir recoger todos los fragmentos.
-Me estás arruinando la vida.
-Te estoy protegiendo, Sammy.
-¿Prohibiéndome hacer lo que yo quiero? ¿Estudiar, ser un chico normal?
-¿Cuándo vas a entender que no eres un chico normal?
-¡Y cuándo vas a entender tú que no has sido un padre normal! ¡No tienes casa, no tienes trabajo, cazas cosas que la gente no sabe que existen y nos llevas a Dean y a mí de pueblo en pueblo como si fuésemos tus fieles soldados! ¡Pues bien, puede que te funcione con él pero yo ya me he cansado y pienso marcharme, te guste o no!
Los gritos vibran en la habitación, la ira se le pega a la piel y ve cómo se aflojan los nudos, cómo todo se va a convertir en un jodido desastre.
Se siente enorme, salvaje, los separa con un gesto titánico y brama desde el fondo del estómago.
Se siente enorme, salvaje, los separa con un gesto titánico y brama desde el fondo del estómago.
-¡Callaos de una vez!
El silencio es el mismo que sigue al estampido de un disparo, un latido sordo que se dilata en el espacio y pesa como una manta de plomo.
Va a ocurrir.
Ocurrió hace mucho.
Sólo estaba esperando al momento en que todo explotara, como una bomba de neutrones en el núcleo de un volcán dormido.
Va a ocurrir.
Ocurrió hace mucho.
Sólo estaba esperando al momento en que todo explotara, como una bomba de neutrones en el núcleo de un volcán dormido.
-Si te vas- la voz de su padre es áspera, papel de lija sobre el filo de un cuchillo -, no vuelvas nunca.
Dean tiene veintidós años y un hermano que acaba de marcharse.
**
-La lucha ha terminado.
-No, aún no.
-Terminó para ti.
No la cree, no puede creerla.
Siempre hay elección.
(fin)
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