En algún momento de la semana pasada, supe que esto pasaría tarde o temprano.
Desde ya tengo que decir que ha sido Teh Pain y que estoy deseando queMeg Jo me caiga bien para poder escribir porno, algo infinitamente más sencillo.
Nota: A veces tengo esa sensación, necesito decir muchas cosas pero no encuentro las palabras adecuadas y aún así termino escribiendo aunque no me convenza el resultado final. He de decir que no he leído ni un solo fic de este fandom, que parto totalmente de cero y que sospecho que soy de las pocas personas que ha escrito en castellano, si no soy la primera.
"Back in black". Escuchadla todos. Es la canción del Impala, es la canción de Dean y la banda sonora de este fic, que le robó el título a Green Day y su "Boulevard of broken dreams" (porque Sammy escucha Green Day y Oasis, que lo sepáis).
¿Por qué Sam? Porque la serie es la historia de Dean vista a través de sus ojos, la forma en que cambia la percepción que tiene de su hermano mayor. Y porque, si soy sincera, Sam me parecía más fácil para empezar a escribir porque creo que en el fondo nos parecemos bastante. Los dos somos egoístas y un poco tiranos, los dos somos los pequeños y hemos tenido allanado el camino por alguien que se llevó todos los golpes de la vida y los apartó para que no nos dañasen a nosotros.
Aunque, en mi defensa, diré que yo tardé muchísimo menos tiempo que él en darme cuenta.
Al fin y al cabo, soy una chica :)
Desde ya tengo que decir que ha sido Teh Pain y que estoy deseando que
Nota: A veces tengo esa sensación, necesito decir muchas cosas pero no encuentro las palabras adecuadas y aún así termino escribiendo aunque no me convenza el resultado final. He de decir que no he leído ni un solo fic de este fandom, que parto totalmente de cero y que sospecho que soy de las pocas personas que ha escrito en castellano, si no soy la primera.
"Back in black". Escuchadla todos. Es la canción del Impala, es la canción de Dean y la banda sonora de este fic, que le robó el título a Green Day y su "Boulevard of broken dreams" (porque Sammy escucha Green Day y Oasis, que lo sepáis).
¿Por qué Sam? Porque la serie es la historia de Dean vista a través de sus ojos, la forma en que cambia la percepción que tiene de su hermano mayor. Y porque, si soy sincera, Sam me parecía más fácil para empezar a escribir porque creo que en el fondo nos parecemos bastante. Los dos somos egoístas y un poco tiranos, los dos somos los pequeños y hemos tenido allanado el camino por alguien que se llevó todos los golpes de la vida y los apartó para que no nos dañasen a nosotros.
Aunque, en mi defensa, diré que yo tardé muchísimo menos tiempo que él en darme cuenta.
Al fin y al cabo, soy una chica :)
POR LA CARRETERA DE LOS SUEÑOS ROTOS
Por Truchita
**
-Well, what exactly do you tell them? You know, about where you’ve been? What you’ve been doing?
- I tell them that I’m on a road trip with my big brother.
Dean & Sam, 1x06
**
Siempre creyó que sería una secuencia ordenada, fotogramas que se sucederían cronológicamente resumiendo veintidós años en un segundo, y no postales sueltas cargadas de detalles sin sentido que estiran el tiempo como si fuese un chicle, toman forma en la oscuridad y adquieren una cualidad casi tangible.
Circulan ante sus ojos, cerrados o abiertos, no lo sabe.
Y lo primero que hace no es preguntarse si él está muerto, sino rezar para que ellos estén vivos.
Carretera 289, Nevada
1 año antes
El Impala ruge sobre el asfalto y quema gasolina al ritmo del acelerador, siempre en línea recta hacia un punto remoto en el que el cielo se encuentra con la tierra y parece abrirse un precipicio que nunca llega, kilómetro tras kilómetro. Las nubes tiemblan sobre sus cabezas, encapotan el cielo y apagan los colores del paisaje, que se extiende llano y monótono hacia la nada mientras noviembre se escarcha en el parabrisas y en el corazón de Sam. Hace cinco horas que han dejado Utah y más de dos semanas del entierro de Jess.
Un cartel pasa a ciento cuarenta por hora junto a su ventanilla anunciando la distancia que queda para llegar a Winnemucca. Winnemucca, colega. Si tuviese un resquicio de ánimo, podría reírse de ese nombre durante días.
-¿M&Ms?
Enorme, sólida, la mano derecha de su hermano aparece con una bolsa que apesta a chocolate recalentado, abierta justo bajo su nariz.
-No deberías comer mientras conduces, Dean.
-Ya, y tú no deberías llevar ese pelo de pardillo. ¿Quieres o no?
-No.
La bolsa vuelve al regazo de Dean, que mastica ruidosamente puñados enteros de M&Ms de colores mientras la otra mano sujeta con firmeza el volante. Sam puede notar los restos de su voz vibrando en el silencio del coche, la energía nerviosa que desprende y que canaliza tamborileando con los dedos la batería de vetetúasaber qué canción de Led Zeppelin.
Incluso callado le irrita. Toda esa hiperactividad de baja frecuencia y ese humor punzante le irritan hasta límites insospechados, y Sam quiere volver a Palo Alto y sentarse sobre la tierra todavía húmeda de la tumba de Jess.
A solas.
Él con sus demonios y nadie más.
Están persiguiendo la pista de un poltergeist que parece estar actuando en Duffer Peak, al norte de Nevada. Papá había registrado en el diario actividad en la zona hace dos meses, dijo Dean metiendo bolas de ropa enrollada en la maleta, antes de salir de Utah. El puto diario con sus putas notas, sus putas coordenadas y sus putos wendigos de Colorado. Si Sam hubiera usado un diario, septiembre y octubre tendrían el mismo texto garabateado en letras ansiosas: la imagen grotesca del camisón de Jess envuelto en llamas y goteando sangre sobre su cara.
-¿Cortezas de cerdo?
La voz estalla en el vacío del coche, una frecuencia grave que le saca con rudeza de su ensimismamiento.
-No, Dean.
-Tío- le clava los ojos, verdes, casi transparentes, con largas pestañas que heredó de su madre -, si no comes algo te vas a desmayar en cuanto ese poltergeist hijo de puta te dé un empujoncito.
Sam no tiene fuerzas para mandarlo al infierno y mete la mano en la bolsa, saboreando durante un segundo el picante que explota en su paladar mientras el desierto se extiende a ambos lados de la carretera. Seco y polvoriento, vacío.
Exactamente igual que él.
**
Stanford parece oro viejo bajo el sol de otoño. Edificios de piedra, estudiantes tumbados en la hierba leyendo a Sartre y árboles centenarios mezclándose con las palmeras y filtrando la brisa que, a veces, viene desde la costa norte con olor a mar.
Sam tiene dieciocho años y ganas de empezar desde cero, sin fantasmas, sin pistolas, sin agua bendita ni órdenes que está prohibido cuestionar. Retazos de la discusión lo zarandean de vez en cuando, la hostilidad de su padre y la decepción de su hermano parecen latirle en la piel, abrirse paso por su sangre como un veneno que actúa despacio, gota a gota, palabra por palabra, “no vuelvas nunca más”.
Varios chicos pasan frente a él en bicicleta y levantan un pequeño remolino de hojas secas que crujen en el aire y forman un abanico de colores tostados, ocre y rojo, naranja, roble, miel opaca.
-Perdona, ¿sabes dónde está el laboratorio de Química?
Dos ojos de un azul oscuro lo miran enmarcados por suaves ondas de pelo rubio. Camisa negra, vaqueros ajustados. Una sonrisa espectacular y Sam se siente como si estuviese otra vez en el instituto.
-Lo siento- dice avergonzado -, soy novato.
-Oh- los ojos se abren con asombro. Son enormes, pozos sin fondo que parecen traspasar todos sus muros y descubrir al pardillo que va a su primer día de clase con los libros bajo el brazo y un boli en el bolsillo trasero de los pantalones -. ¿En serio?- lo mira veinte centímetros más abajo, sonriendo de lado, gloss brillante y pecas en la nariz. Parece impresionada y, de repente, Sam se siente más alto.
-Sí, de hecho llevo veinte minutos buscando la biblioteca, así que yo en tu lugar no me fiaría de mi sentido de la orientación.
La chica se ríe, un tintineo que le llega al pecho en ondas concéntricas que desprenden algo tibio y disuelven sus recuerdos por un segundo.
Se arma de valor para sonreír y se sorprende de lo fácil que resulta.
-Soy Sam.
Grandes ojos azules, voz dulce y franca.
-Yo soy Jess.
Interestatal 29, Minnesota
Descienden en picado por el esternón del mapa, desde Worthington hasta Kansas City, para tomar el desvío hasta Chattanooga, Tennessee, donde un hombre lobo ha matado a dos adolescentes. Queda más de medio día de viaje y Sam estudia la posibilidad de hacer un exorcismo para que el demonio macarra que Dean lleva dentro abandone su cuerpo de una jodida vez.
-Back in black, I hit the sack, It’s been too long I’m glad to be back.
Jesús. Es la sexta vez que suena esa canción desde que salieron de la gasolinera y está empezando a dolerle la cabeza mientras Dean parece estar en otro mundo, usando el volante de guitarra eléctrica y moviendo la cabeza con cada golpe de las baquetas.
-Yes I’m, let loose from the noose , that’s kept me hanging around.
Se destroza la voz imitando los chillidos de Brian Johnson y el sol casi invernal le ilumina la cara de lleno, descubre la sombra de barba y una leve cicatriz en la barbilla, le aclara el pelo y lo llena de esa misteriosa gasolina que siempre parece estar en combustión dentro de él, adrenalina y palabrotas que se agitan con cada zancada de sus botas viejas. Forget the herse ‘cause I’ll never die, I got nine lives, cat’s eyes. Dean conduce al ritmo de la canción, parece que será joven para siempre y Sam nota un nudo en el estómago, algo hueco y frío que le dice que él tiene cuatro años menos y que, sin embargo, se siente mucho más viejo.
Es fácil ser Dean. Es fácil llevar siempre la misma chupa de cuero y tener ojos de gato y ser feliz en tu Impala con una Sig Sauer en el maletero y cantidades industriales de ganchitos de queso en el asiento de atrás. Mentir con descaro y actuar por intuición, acertar porque sí, guiñarle un ojo a la camarera, coger el mapa y atravesar el país sin cuestionarte si de verdad es una orden o tu padre lleva muerto un mes.
Sí, es fácil. No tener pesadillas, no vivir asustado, berrear ACDC con una voz que podría cantar baladas country si no le parecieran una auténtica mariconada.
Un chasquido y Back in Black parece cantada por Alvin y las ardillas. Dean enlaza seis tacos seguidos y su cinta más preciada empieza a salir del radiocasette en forma de borbotones de fino plástico marrón.
-Mierda, cojones, no me jodas, ¡hijo de puta!
-Es normal, tío, la has puesto mil veces esta mañana.
Su hermano podría fulminarlo con la mirada. El ceño fruncido y un ladrido ronco, el mal humor se apodera de él y saca a relucir la reina del drama.
-Esta cinta lleva muchos kilómetros conmigo y te puedo asegurar que está acostumbrada a sonar veinte veces al día.
Va a obviar el hecho de que Dean le otorgue vida a un objeto inanimado.
-Colega- le dice-, evoluciona- y lo remata -. Tienes que poner un lector de CD en el coche.
Es una metamorfosis graciosa. Sus ojos se vuelven tan redondos como las llantas del coche y adquieren un brillo metálico.
-¡¿Pero qué coño dices?!
Está ofendido. Pero ofendido de verdad. Como si hubiesen llamado putón a su mujer, bastardos a sus hijos o chatarra a su querido Impala. Sam cree que nunca llegará a acostumbrarse del todo, porque siempre se echa a reír antes de escuchar el discurso sobre el coche
-en el que tienes aposentado tu culo es un Chevrolet Impala del 67, Sammy. A lo mejor el chico universitario todavía no ha estudiado lo que es el valor histórico de las obras de arte y no sabe que este coche está muy bien como está y que no le falta ni le sobra nada, así que una palabra más sobre eso y te doy una colleja, ¿está claro?
Sería un buen padre. Convincente y sensato, del tipo “porque lo digo yo y se acabó”.
-Sí, vale- a Sam aún le vibra la risa en el estómago -. Lo que tú digas.
Conduce con manos firmes, sin quitar la vista de la carretera. Faltan quince kilómetros para llegar a Iowa, quién sabe cuántos hasta Tennessee y Dean es una presencia silenciosa que gruñe para sus adentros, tamborileando con los pulgares el ritmo de su canción rota. Tan ta, ta-ta-tan ta, ta-ta-tan.
Shell Oil - Estación de servicio 1081
Lousiana
Sam va acostumbrándose poco a poco al olor de la gasolina cruda. Rancia, penetrante, va directa a los pulmones como una bala y despierta músculos que han hibernado durante cuatro horas seguidas.
Los primeros días de diciembre tienen un cielo púrpura en el Golfo de México, moteado de nubes sonrosadas en la línea del horizonte. John Winchester sigue sin contestar el teléfono y su hijo mayor sigue persiguiendo órdenes fantasma, de Oregon a Missouri, de Pennsylvania a Oklahoma. Será de noche cuando entren en Texas y quedarán varios kilómetros de carreteras comarcales hasta llegar a Huntsville, y Sam se pregunta si esta vida de brújulas sin norte parará algún día.
El asfalto tiembla bajo sus pisadas enérgicas. Sam le saca una cabeza pero Dean siempre parecerá enorme a su lado, vestido de oscuro, tenso y sólido, los ojos encendidos como los de una pantera. Sale con una bolsa del supermercado. Repleta de porquerías con glucosa y colorantes, seguramente. Y lleva su expresión de “estoy tan indignado que podría cargarme diez zombies de una sentada”.
-Tío, ¿me canta el ala?
Sam ha visto muchas cosas en su vida. Mujeres ardiendo en el techo, espíritus saliendo de un espejo, aviones poseídos por un demonio molesto con la American Airlines. Ha visto cosas que Chris Carter no podría ni imaginar en uno de sus días más inspirados, pero la reencarnación de James Dean levantando un brazo delante de su cara lo ha pillado con las defensas bajas y Sam está, literalmente, flipando.
-¿Qué?
Dean no baja el brazo.
-Que si me canta el ala.
Necesitan unas vacaciones. Los dos. Por separado y en direcciones opuestas.
-Dean, no voy a olerte el sobaco.
Su hermano hace un aspaviento, lo llama finolis, se huele a sí mismo y se queda pensativo antes de dar una patada en el suelo.
-¡No lo entiendo, Sam! ¡Huelo a desodorante!
-Tío, ¿de qué huevos me estás hablando?
-¡La cajera no me ha hecho ni puto caso!
Sam no sabe si es mejor reírse o pegarse un tiro. Luego piensa que la sal gorda no va a matarlo, así que opta por lo primero.
-Colega, asúmelo. No todas las chicas se mueren por tus huesos.
Dean suelta una carcajada breve y ronca, se apoya en el capó negro y sonríe con autosuficiencia, chulo y pagado de sí mismo, la misma sonrisa que dedica a las camareras.
-Creo que tienes que ir urgentemente al oculista, Sammy.
-Es Sam.
-Te toca conducir.
Las llaves vuelan por encima del Impala y los neumáticos dejan una marca en la gravilla. Texas, Montana, Ohio, Arizona. Dean nunca se cansará de arrastrarlo por todo el país ni de pedir el teléfono a todas las chicas que encuentre por el camino, y Sam empieza a preguntarse cuándo tendrá el valor de dejar de seguirlo.
**
Les gusta pasear por la playa cuando empieza la primavera. El S.S. Palo Alto, “el barco de cemento”, los mira con un crujido enmohecido desde el muelle de Seacliff Beach, en Aptos. El viejo titán de hierro se hunde en el centro y una treintena de pelícanos contemplan el Pacífico desde el extremo que sobrevive a la marea alta, como vecinas cotillas reunidas en una terraza.
-Hace calor.
-Sí.
El atardecer baña en bronce el casco oxidado del antiguo petrolero y Sam puede sentir el bombeo del corazón de Jess a través de la ropa.
-Te gradúas este semestre.
-Si todo va bien, sí, eso espero.
Su voz se apaga contra su pecho, juguetea con uno de los botones de la camisa de Sam y está nerviosa. Sabe lo que va a decirle. Llevan juntos casi cuatro años y sólo se pone así cuando abandona su infinita prudencia y mete el dedo en la llaga, llena de buenas intenciones pero siempre haciendo el mismo daño.
-Sam, tal vez podrías…
-No, Jess.
Suspira. Una sola vez. Jess siempre hace lo mismo, suspirar y estremecerse entre sus brazos, tardar seis segundos en reunir el valor suficiente, levantar la cara y usar una mano para cogerle el mentón y obligarlo suavemente a mirarla a los ojos.
-Son tu familia, Sammy.
Sammy era un niño que se enfrentaba a los monstruos del armario con un calibre del 45, que siempre obedecía aunque no siempre estaba de acuerdo.
Sammy era un niño que se enfrentaba a los monstruos del armario con un calibre del 45, que siempre obedecía aunque no siempre estaba de acuerdo.
-Es Sam. Y hace mucho que no somos una familia.
Siempre quiere usar otro tono, mirarla de otra forma, intentar sonreír con cansancio. Pero siempre le vence la furia, su voz suena cortante y los ojos se desvían, se pierden en el vacío.
El cielo de California parece una herida abierta, cubierta de sal y sangre.
Rockford, Illinois
Conduce en silencio hasta el motel. Dean duerme en el asiento del copiloto y una tensión muda enrarece el aire, crece en el interior del coche tomando forma y densidad, como la cuerda más aguda de un violín a punto de saltar del clavijero y romperse.
Puede que lo hubiese poseído el espíritu de un psiquiatra con gusto por la tortura, pero Sam sabe que lo que le dijo a Dean era verdad, que es lo que piensa en algún lugar de su cabeza y su hermano mayor parece el perro faldero de su padre, siempre en busca de una aprobación que no va a llegar nunca.
-Dean, ¿cuándo vamos a hablar sobre ello?
-¿Sobre qué?
-Sobre el hecho de que papá no está aquí.
-Ah… pues… a ver… Nunca.
Nunca. Nunca pone en duda una orden, nunca flaquea cuando se trata de John. Dean obedece como un soldado, como un animal de presa amaestrado, actúa por inercia y nunca se rebela, sí, señor.
A veces quiere zarandearlo. Gritarle ¡Reacciona!, hacerle ver que su postura es cobarde, infantil casi. Que quedarse fue fácil pero marcharse fue un abismo del que tuvo que salir él solo, que tuvo el coraje necesario para enfrentarse a su padre y vivir su propia vida. A veces quiere soñar en el interior de su mente. Saber qué desea, cuáles son sus planes. Un trabajo de verdad, dormir en su propia casa, salir con una chica durante más de una semana.
Sam quiere que baje del coche y pare de vagar por la carretera de los sueños rotos, quiere verlo crear algo suyo, algo sólido y con raíces, que deje de ser un orondo policía negro o un marshall demasiado joven y empiece a ser Dean Winchester.
**
Sus amigos no le creen. Lo miran como si estuviese loco pero él insiste y trata de convencerlos, les dice que es verdad, que no les está tomando el pelo.
Pete quiere ser médico, Charlie antropólogo, Vince economista y Sam asegura que él quiere ser abogado. Los chicos miran su diccionario de latín, el trabajo que ha hecho para su clase de Folklore y el libro de “Mitología Nativoamericana” que asoma por su mochila.
-Claro- dice Charlie con voz condescendiente, como si hablase con un niño al que hay que dar la razón -. Por eso estás matriculado conmigo en Religiones Comparadas.
Budget Host Wheels Motel
Greybull, Wyoming
El invierno se cuela por las ventanas. Las luces que decoran la fachada tienen algunas bombillas fundidas y hay un parpadeo rojo y constante que incide directamente sobre la almohada de Sam. La televisión escupe especiales en diferido y Dean abre la puerta cargado con bolsas del 7/11, el pelo cubierto de nieve y el cuello del abrigo subido hasta las orejas.
-¡Joder! Hace un frío de pelotas, tío.
Despliega la compra sobre la superficie roñosa de una mesita baja. Patatas fritas, chocolatinas, cerveza, bollos rellenos de crema, nachos, gominolas, rosquillas, leche, Doritos con salsa especial y una caja de Cheerios.
-No me lo digas- se mofa Sam -, llevas el pavo escondido en el bolsillo.
-No - se mete las manos dentro del abrigo y sonríe como un niño de parvulario- pero traigo un tazón de contrabando.
-¡Dean! ¿Has robado un tazón en el supermercado?
-Lo he cogido prestado de la cafetería. Y empieza a comer o te quito los cereales, capullo.
Saltan de un programa a otro, aguantan quince minutos de Qué bello es vivir y paran el mando a distancia en el canal de teletienda.
-Siempre he querido comprarme uno de esos colchones que se inflan solos.
La leche está fría, pero Sam tiene un agradable calor en el estómago mientras mastica los cereales reblandecidos.
-¿Para qué?
Dean tiene los dedos llenos de azúcar y contesta con la boca llena.
-Para nada en especial, ¿pero tú sabes lo que debe molar darle al pilotito y ver cómo se va hinchando sin que tengas que mover ni un dedo?
A Dean le brillan los ojos al imaginarlo, inmensos y cambiantes, como los de su madre.
Así es su hermano. Un ligón con el coche lleno de carnets falsos capaz de emocionarse con una ducha de hidromasaje. Sam cree que ha acertado y que el regalo va a gustarle, así que lo saca sin miramientos de debajo de la cama.
-Feliz Navidad.
La cara se trasforma. Las expresiones serpentean, se escurren por sus facciones, Dean y sus mil emociones por minuto, pasa de la sorpresa al enfado y de la curiosidad a una ilusión casi infantil.
-¡Maldito cabrón! ¡Yo no te he comprado nada!
Sam se encoge de hombros. Es la primera navidad que pasa sin Jess desde que la conoció y la primera en muchos años en ver la cara de Dean mientras destroza el papel de celofán. Todo importa más bien poco al norte de Wyoming.
-Colega…- la voz de Dean es un susurro ronco que oscila en la habitación, el acorde roto de una guitarra eléctrica -. Creía que tus oídos eran más felices sin ADCD.
La portada de Back in black parece diminuta entre las manos de Dean.
-Y lo eran, tío, pero se pusieron a sangrar cuando empezaste a hacer karaoke sin la cinta.
La colleja es inevitable. Hueca y sorda en su nuca, tibia como la gigantesca mano de su hermano mayor.
Carretera 530, Arkansas
Se agita en una pesadilla espesa, quiere despertar y no puede. Pelea, lucha, desgarra el aire con las manos y asiste impotente a la visión del infierno en la tierra.
Abre los ojos con el pulso latiéndole en las sienes igual que un caballo desbocado. Sus pupilas están dilatadas de puro horror y tratan de acostumbrarse a los altos pinares que ascienden desde la carretera como agujas, filtrando las primeras luces del día entre las ramas.
-¿Algo importante?
Dean ya no se asusta cuando Sam tiene esas visiones. Endurece la voz, agudiza el instinto, pero nunca se deja llevar por el pánico. Quizá porque no vislumbra todo lo que significa, quizá porque lo considera un don en lugar de una maldición.
-No- miente Sam -. Esta vez sólo ha sido un mal sueño.
Miente porque tiene miedo. Miente porque no lo entiende. Miente porque sabe que hoy no va a pasar y porque la lluvia cae en láminas silenciosas sobre el parabrisas, aplacando el bombeo inquieto de su corazón.
El sueño nunca es el mismo. A veces es una persona, a veces un demonio, a veces resbala por sí solo y se trata accidente, pero el resultado siempre es igual.
Dean cae al vacío y él nunca llega a tiempo de sujetarlo.
Interestatal 55, Alabama
Hace tres semanas que vieron a su padre en Chicago y Sam lleva ese encuentro grabado en la piel, con muchas conversaciones pendientes y un abrazo que no duró lo suficiente. Por eso se empeña en buscar monstruos para que el tiempo pase rápido y ha encontrado un golem en los alrededores de Pensacola, al sur de Alabama.
Dean tiene el mapa extendido en el salpicadero y trata de encontrar lógica a la geografía de los ataques con el EMF encendido en la guantera, sin registrar ninguna actividad. Sam conduce y su mente viaja más allá del Impala, a aquella confesión en Fichburg y a ese crío del motel, Michael, condenado a saber por qué hay que tener miedo de la oscuridad.
Papá no volvió a hablar de ello. Me miraba diferente, ¿sabes? Y no lo culpo. Me dio una orden y no obedecí.
Sam ha intentado pedirle perdón y Dean siempre ha escurrido el bulto con un no pienso darte un beso ni de coña, tío. Finge pasotismo con demasiada exageración, ruge sus chistes de baja intensidad y lo llama Sammy para cambiar de tema. Pero la sombra sigue ahí, ahora Sam puede verla cuando los ojos de Dean pasan del verde pálido al gris ceniza con un solo parpadeo.
Dentro del macarra del asfalto sigue habiendo un niño de nueve años que cree que no tiene derecho a cuestionar a su padre porque casi le cuesta la vida a su hermano. Cuando lo piensa, a Sam le pesa el pecho y se siente peor que una rata, peor que escoria, peor que cualquiera de las cosas que cazan. Egoísta y bocazas, un niñato, un maldito desgraciado que se creía el amo del mundo por haber montado el motín del hijo pródigo a los dieciocho años.
El EMF chasquea y Dean maldice entre dientes.
-Mierda.
-¿Qué?
-¡Mierda!
-¡¿Qué?!
-¡Pisa el freno y da la vuelta!
-¡¿Por qué, qué pasa?!
-¡Que ese fiambre judío hijo de puta está quinientos metros más atrás, eso es lo que pasa!
Blue Oyster’s Bar
Interesetatal 88, Wisconsin
En marzo las noches empiezan a ser más cálidas y las chicas a usar minifalda. Dean las mira con descaro, flirtea con cuatro a la vez y recopila servilletas en las mesas, paseándose con una cerveza y un boli que muerde mientras sonríe y enseña esa hilera de dientes perfectos.
Sam a veces le da diez minutos de tregua, sacude la cabeza con escepticismo y se pregunta si no será un poco monaguillo, estudiando el diario de su padre mientras Dean se comporta como un animal en celo.
Su hermano vuelve a la media hora, con el pelo algo revuelto y los ojos vidriosos, mitad por el alcohol, mitad por otra cosa.
-Scottsbluff- dice Sam.
-Salud.
-No. Scosttbluff, Nebraska. Ocho personas han muertos en los últimos ocho años, el mismo día a la misma hora y con una cuerda de piano alrededor del cuello.
-¿Un músico fantasma en el Pueblo Estornudo? Suena bastante bien. ¿Qué tal si antes de salir nos tomamos una última cerveza y te presento a las encantadoras señoritas que acabo de conocer en la barra?
-Apuesto a que las conoces muy bien.
-Y yo a que no les importaría pasar un rato contigo.
Sam suelta una risotada y se concentra en la letra de su padre, intenta que no se le note, miedo, vergüenza, no lo sabe.
-Vamos, Sammy. La pelirroja para ti y la morena para mí. Son muy divertidas- se le aflojan los labios en una media sonrisa y parece soñar despierto durante un segundo -. Sí, colega, muy, muy divertidas.
Las mira. Guapas y despreocupadas, dispuestas a pasar un buen rato. Sam podría hacerlo, podría ponerse hasta arriba de tequila y llevársela a un rincón, hacerlo de pie sin quitarse la ropa, saciarse por una noche y dormir después como un bebé.
-Dean, la oferta es tentadora pero tenemos que irnos.
Se mofa a cinco centímetros de su cara, huele a cerveza y sudor, a algo profundamente masculino y cien por cien Dean Winchester, canalla de vaqueros desgastados y sonrisa devastadora, su hermano, su protector y su tormento.
-¿Oferta tentadora? Tío, escúchate, ¡hablas como una puta novela rosa! Eso es exactamente por lo que te vas a convertir en un solterón.
-Vaya, ¿y eso me lo está diciendo…?
Le sacude en el hombro sin demasiada fuerza, la suficiente para empujarlo un poco hacia atrás y advertirle que sigue siendo capaz de tumbarlo si se pasa de la raya.
-Tu hermano mayor, gilipollas. Y si dices algo te vacío el cargador del rifle de papá en el culo, ¿me oyes?
Altos y oscuros, cazadores solitarios, parecen moverse a una velocidad distinta a la del resto del mundo y salen del bar con zancadas desiguales, ignorando las miradas que convocan a su alrededor.
**
-Separa las piernas y levanta los brazos. ¿Sabes lo que es un triángulo isósceles? Tiene dos lados iguales y uno más pequeño. Si alguien te viese desde arriba, tus hombros serían ese lado pequeño, tus brazos los del mismo tamaño y la pistola estaría en el vértice del triángulo.
Sam ha olvidado ese nombre tan raro porque sólo puede pensar que el arma está fría y pesa tanto como uno de los diccionarios que tiene la señorita Sullivan en clase.
-Fíjate en la botella. No guiñes los ojos. Fíjate en el cuello y apunta por encima de él.
Lo hace. Levanta la semiautomática con las dos manos, tapa la botella con la culata y enfoca directamente al aire.
-Pero así no voy a acertar.
-Tú hazme caso y apunta por encima de la botella.
Pero el pulso le tiembla y entonces lo siente detrás de él, cubriéndolo como una coraza y ayudándolo a sujetar el arma hasta que consigue equilibrar el cañón, que parece crecer desde su nariz, un apéndice de acero casi inabarcable entre sus manos.
-¿Por qué no me enseña papá?
-Porque está de caza.
Dean tiene catorce años, la voz profunda como una caverna que le retumba en el pecho y unas manos enormes, con nudillos abultados y tendones que palpitan bajo la piel, manos que matan cada vez más a menudo y que siempre lo arropan por la noche.
-Eso es, muy bien, Sammy. Y ahora dispara.
Le estallan los tímpanos, le vibra el cerebro y el cristal se rompe en mil pedazos al tiempo que un fogonazo de luz y pólvora asciende sobre los árboles, cargando el bosque de un olor denso y metálico.
Sam está en quinto curso y tiene prohibido contar estas cosas en el colegio. No puede explicar que la primera vez que aprietas el gatillo cierras los ojos y te desvías un milímetro del blanco, que el retroceso del percutor te pilla por sorpresa y te empuja de espaldas, que el casquillo sale con la misma potencia que la bala, que te quedas sordo, se te para el corazón y te sientes mayor y extraño.
Carretera 964, Iowa
Desde Salvation a Jefferson City hay doscientos kilómetros y muy poco tiempo para encontrar a su padre. Sam nota la ansiedad en el estómago y el pánico cerrándole el paso del aire, mientras el Impala se traga la carretera a más de ciento noventa kilómetros por hora. Los árboles parecen retorcerse sobre sus cabezas, cerrándoles el paso en un túnel claustrofóbico de ramas enroscadas y nudos monstruosos, como si la naturaleza misma hubiese conspirado un plan macabro contra ellos.
Sam ha tenido un momento de claridad. Al montarse en el coche el tiempo se dilató y el espacio se contrajo abriendo paso a una realidad que se presentaba ante él desnuda y sin posibilidad de dar marcha atrás. Papá está muerto, dijo de repente. Y Dean lo abofeteó tan fuerte que todavía ahora, media hora después, le hierve la cara bajo la huella de la palma de su mano.
-No digas eso, ¿me has oído? Te prohíbo terminantemente que vuelvas a decir algo así. Papá no ha muerto, nadie va a morir salvo ese demonio hijo de puta, ¿está claro?
Es curioso. En lugar de enfadarse o devolverle el golpe, Sam simplemente le creyó. Tal vez por eso ahora resulta más fácil controlar la respiración mientras le llega un murmullo rugoso desde el asiento del conductor.
Dean tararea Metallica para calmarse y a Sam le resulta extrañamente tranquilizador escuchar la frecuencia grave de la voz de su hermano, como si de repente tuviera la certeza de que, pase lo que pase, todo va a estar bien.
**
Está en su segundo año de universidad cuando decide acompañar a Jess al seminario de Procesos Psicológicos Básicos. El profesor viene de Berkeley y tiene mucha fama en el campus, un tal doctor Bowlby que viste con chaleco y pajarita y habla con acento inglés.
-A partir de los primeros meses de vida y durante toda la existencia del ser humano, la presencia o ausencia de una figura de afecto es una variable clave que determina que una persona se sienta o no angustiada por una situación potencialmente alarmante. A partir de esa misma edad y a lo largo de toda su vida, una segunda variable de importancia es la confianza o falta de ella que experimenta la persona con respecto a la disponibilidad de la figura de apego, esté o no presente físicamente, de responder a sus requerimientos cuando lo necesite.
A Sam se le escapan las palabras y los párpados empiezan a pesarle justo cuando nota el codo de Jess entre las costillas. No debió saltarse su clase de las seis por esto. O al menos, tendría que haberse tomado un café bien cargado.
-Podemos definir el apego como el lazo afectivo que se establece entre el niño y una figura específica, que une a ambos en el espacio, perdura en el tiempo, se expresa en la tendencia estable a mantener la proximidad y cuya vertiente subjetiva es la sensación de seguridad.
Es entonces cuando nota la boca seca y los sentidos más despiertos que nunca. Es como una encerrona del destino. Demasiadas referencias que le recuerdan una vida que quiere olvidar y ninguna oportunidad de levantarse entre los seiscientos asistentes y salir del salón de actos de la Facultad de Psicología. El profesor Bowlby carraspea antes de seguir y Sam se revuelve incómodo en su asiento.
-Resumiendo: la figura de apego es el principal cuidador de la infancia, aquella persona a la que acudimos de forma consciente e inconsciente cuando nos sentimos amenazados en cualquier sentido, física o emocionalmente. Vamos a poner un ejemplo: imaginad que estáis en una situación de peligro y que no podéis defenderos. ¿En quién pensáis?
Jess susurra “en mi madre” y Sam apenas la escucha, sorprendido por la imagen que le ha venido a la cabeza.
-¿En quién pensáis?
"En mi hermano"
Autopista 54, Missouri
Dean tiene la cara manchada de sangre y una expresión parda en los ojos. Sam lo mira constantemente por el retrovisor y pisa a fondo, dejando atrás Jefferson City y oyendo la voz rota de su padre junto al oído.
-Pensaba que matar a este demonio era nuestra prioridad, que estaba antes que yo, antes que cualquier cosa.
Sam clava la mirada en el espejo y se cruza con unos ojos grises como el humo.
Y lo sabe de repente, con la descarnada sencillez de las cosas inevitables, como la muerte y la vida.
-No, señor. No antes que cualquier cosa.
Magnífico y acuoso, el color verde vuelve a los ojos de Dean y ambos conectan en silencio durante un instante, comparten un lenguaje secreto que sólo pueden entender dos hermanos. Cuerdas invisibles, lazos que no se rompen y que se extienden en el tiempo y en el espacio, más allá de las carreteras sin final, más allá de los años y de la sangre.
(fin)
Sala Común:: En el Impala
Variedad emocional::
accomplished
En el Impala suena: : Back in black - ACDC
26 cucharitas | Explota conmigo